Un cirujano en la Guerra del Pacífico: Carta de Juan Manuel Salamanca. (Ica, diciembre de 1880)

##plugins.themes.bootstrap3.article.main##

Patricio Ibarra Cifuentes

Resumen

El cirujano 1º Juan Manuel Salamanca, escribió en diciembre de 1880 una carta dirigida a su hermano Samuel, donde relató el desarrollo de la campaña de Lima durante la Guerra del Pacífico. En ella, se explayó acerca de su experiencia personal en el conflicto, así como también la profesional sirviendo en la 1º Ambulancia del ejército chileno que ingresó a la capital peruana en enero de 1881.


Abstract


The 1st surgeon Juan Manuel Salamanca, wrote a letter to his brother Samuel in December 1880, where he described the development of the campaign of Lima during the Pacific War. In it, he expanded on his personal experience in the conflict, as well as serving in the 1st professional ambulance with Chilean army entered to Peruvian capital city in January of 1881.

Resumen

El cirujano 1º Juan Manuel Salamanca, escribió en diciembre de 1880 una carta dirigida a su hermano Samuel, donde relató el desarrollo de la campaña de Lima durante la Guerra del Pacífico. En ella, se explayó acerca de su experiencia personal en el conflicto, así como también la profesional sirviendo en la 1º Ambulancia del ejército chileno que ingresó a la capital peruana en enero de 1881.


Abstract


The 1st surgeon Juan Manuel Salamanca, wrote a letter to his brother Samuel in December 1880, where he described the development of the campaign of Lima during the Pacific War. In it, he expanded on his personal experience in the conflict, as well as serving in the 1st professional ambulance with Chilean army entered to Peruvian capital city in January of 1881.

Resumen

El cirujano 1º Juan Manuel Salamanca, escribió en diciembre de 1880 una carta dirigida a su hermano Samuel, donde relató el desarrollo de la campaña de Lima durante la Guerra del Pacífico. En ella, se explayó acerca de su experiencia personal en el conflicto, así como también la profesional sirviendo en la 1º Ambulancia del ejército chileno que ingresó a la capital peruana en enero de 1881.

Palabras clave: Chile-Guerra del Pacífico-Documentos personales-Sanidad Militar-Siglo 19.

1. Introducción

En 1879, miles de hombres fueron llamados a servir en los ejércitos que combatieron en la Guerra del Pacífico. De ese modo, chilenos, peruanos y bolivianos dejaron la vida que cada uno de ellos desarrollaban en suspenso, para defender los intereses de sus respectivos países por la posesión de los ricos territorios salitreros de Antofagasta y Tarapacá.

La mayoría de ellos lo hicieron enlistándose como soldados que empuñarían las armas y combatirían exponiendo sus vidas en los campos de batalla de Tarapacá, Moquegua, Lima y la Sierra. Otros participarían como personal de los servicios auxiliares de las Fuerzas Armadas, tales como las misiones eclesiásticas de la Iglesia Católica dedicadas a la asistencia espiritual de las tropas y las ambulancias que prestaron ayuda médica a los heridos en combate, entre otras actividades, desde donde diversas personas colaboraron para posibilitar un mejor desempeño y asistencia a los ejércitos en campaña. Muchos de estos “ soldados ciudadanos ”, siguiendo la idea de Stephen E. Ambrose (Ambrose 1997), pues se trató de sujetos que desde la civilidad ingresaron a las filas de la milicia con motivo del estallido del conflicto de 1879, se encontraban en posesión de los saberes de la lectura y escritura. De esa manera, dieron a conocer sus experiencias en cartas, diarios y memorias constituyendo, parafraseando a Ángel Rama, un campamento letrado (Rama, 2004), [ 1 ] desde donde pusieron al corriente a sus seres queridos de sus problemas y preocupaciones.

Las vivencias vertidas en esos documentos personales, dan cuenta de la profunda huella que los acontecimientos vividos dejaron en cada sujeto que dejó por escrito de su experiencia bélica. Aquello forma parte de un fenómeno transversal, sin distinción de nacionalidades, que incluye a todos quienes participaron directa o indirectamente de la campaña militar. Esas hojas son el lugar desde donde es posible construir una historia a ras de suelo del conflicto de 1879, la cual fluye “ desde dentro de los sujetos históricos ”, como lo definió Gabriel Salazar, posición donde se encuentran esos “ escondrijos insobornablemente humanos ” (Salazar, 2003: 14) relacionados con la intimidad, cotidianidad y la sociabilidad derivada de la vida de campaña. Esa perspectiva, la de los protagonistas de la Guerra del Pacífico, permite acercase a conocer contextos sumergidos bajo el curso de los grandes eventos relacionados con la conducción política y militar o las negociaciones diplomáticas, pues se trata de fragmentos que, en la idea de Sergio González, “ tienen la importancia de poder ser la pieza clave de una realidad no develada ” (González, 2006: 16), transformándose además en lo que Federico Lorenz denominó como “ instantáneas de las reacciones culturales a la experiencia de guerra ” (Lorenz, 2008: 113), donde los sujetos hablan “ de sí mismos, por si mismos ” (Salazar, 2003: 20). Esa narrativa no se detiene necesariamente en consideraciones teóricas ni de orden político o estratégico, pues son relatos que “ viajan ” con cada individuo que participa activamente de un acontecimiento de importancia para sí mismo y sus contemporáneos (Hosiasson, 2010: 33). En definitiva, son documentos personales, únicos e irrepetibles, elaborados de manera voluntaria y que plasman la necesidad de dejar un registro de lo ocurrido desde la perspectiva personal de sus autores. (Sarabia, 1986: 191).

Cada documento personal posee características que le son propias. Epistolarios, diarios, memorias, reminiscencias y cartas tienen particularidades que les distinguen respecto de los otros manuscritos de una misma naturaleza. En el caso de las cartas, como el escrito dejado por el cirujano 1º Juan Manuel Salamanca Montero transcrito a continuación de estas páginas introductorias, relatan los hechos con la menor mediación entre lo vivido y lo narrado. Son, en general, inmediatas y espontáneas, narrativa y conceptualmente respecto de lo que describen, pues muchas veces fueron elaboradas a poco tiempo de lo ocurrido y en el mismo lugar de los hechos. (Lorenz, 2008: 113).

El 2 de diciembre de 1880 el cirujano 1º del Ejército chileno que marchó a Bolivia y Perú durante la Guerra del Pacífico, Juan Manuel Salamanca Montero (Figura 1) envió una carta desde Ica a su hermano Samuel, mientras se encontraba cumpliendo funciones en el cuerpo sanitario de la hueste que semanas más tarde, tras pelear en las batallas de San Juan, Chorrillos (13 de enero de 1881) y Miraflores (15 de enero de 1881), entró a Lima.

Figura 1. José Manuel Salamanca. (Bisama, 2008: 37) En su misiva, Salamanca expuso a su hermano parte de lo que le tocó en suerte observar producto de su trabajo como médico durante el conflicto de 1879, que enfrentó a Chile contra la alianza formada por Perú y Bolivia por el dominio de los ricos territorios salitreros de Atacama y Tarapacá entre 1879 y 1884. Su carta, en tanto documento personal dirigido a su familia, es una narración que mezcla sus experiencias de vida con sus actividades al servicio del ejército. Entre las primeras se encuentran la descripción de sus viajes, las apreciaciones respecto de las ciudades peruanas y su entorno natural, sus conversaciones con los lugareños, destacando entre ellas sus impresiones respecto de los chinos residentes en el Perú. Entre las segundas, aparecen sus obligaciones como médico en campaña y su descripción del estado sanitario del ejército chileno a poco de iniciada la operación militar de gran escala que culminaría con la conquista de “La ciudad de los Reyes” en enero de 1881. En la misma línea, llama la atención la detallada y vívida descripción que hizo de la laguna de Huacachina, famosa entre los contemporáneos y los habitantes de los arrabales de Ica por sus propiedades medicinales.

Existen algunos datos respecto de la vida de Salamanca. A mediados de mayo de 1879, a pocas semanas de la declaración de guerra por parte de Chile a Perú, fue nombrado como cirujano 1º del regimiento 4º de Línea. Según se desprende de las obligaciones derivadas de sus funciones como “Cirujano de Regimiento”, Salamanca debió servir en el lugar donde se encontrara su unidad y en batalla tenía como misión asistir a los heridos realizar procedimientos de urgencia, además de recorrer los campos de batalla para asegurar que ningún herido fuera dejado allí sin atención (Miño: 1992: 166).

A partir de septiembre de 1880, sirvió en la 1º Ambulancia a las órdenes del Cirujano Mayor Teodosio Martínez y en ella participó en las batallas de San Juan, Chorrillos y Miraflores. ( Boletín de la Guerra del Pacífico , 1979 : 95, 784 y 1036). En ese papel, le correspondió realizar cirugías de importancia, tales como la extracción de proyectiles y amputaciones (Miño: 1992: 166). Terminado el conflicto desarrolló su vida en la ciudad de Talca. Cercano al Partido Radical, participó en política y ocupó en varias oportunidades la intendencia de la provincia donde habitaba, así como también fue regidor y alcalde. Trabajó en el hospital local, fue vicepresidente de la Junta de Beneficencia, presidente del Cuerpo Médico y también de la Sociedad de Veteranos (Figueroa, 1934: 739 – 740).

La carta trascrita a continuación, se publicó en el periódico de Valparaíso La Patria del 22 de diciembre de 1880. Con seguridad, pudo ver la luz en un diario merced a ser cedida por la familia del propio Salamanca, por cuanto el documento contenía información valiosa para el gran público lector de noticias respecto de la guerra en curso.

2. Carta de Juan Manuel Salamanca a Samuel Salamanca

“Señor Samuel Salamanca. Ica, Diciembre 2 de 1880.

Querido Samuel:

Antes de ayer llegó la 1ª brigada de la 2ª división y se ha estacionado en Pisco. La Artillería de Marina permanece en Chichas bajas y las tropas que volvieron en el Angamos , de que te hablé en mi anterior, traen dos compañías del 2º que habían avanzado por tierra.

En Chinchas tomaron al sub-prefecto que entretenido en telegrafiar al director Piérola sobre sus preparativos de defensa y la heroica resistencia de su pueblo, no se apercibió de la llegada de nuestras tropas sino cuando estaban junto a él.

Aquí fueron sus apuros. De rodillas y abrazado a las piernas de nuestros jefes pedía le perdonaran la vida. “Soy hombre más cobarde y pusilánime decía: perdónenme, yo soy mandado”. Pero con la idea fija de que sería pasado por las armas, pues se le sorprendieron telegramas, aconsejando el envenenamiento de los pozos de Ica, se suicidó en Pisco con una navaja de afeitar.

De aquí han salido algunas expediciones a las haciendas vecinas que han vuelto con buenos arreos de animales vacunos, con los que tenemos carne en abundancia.

El 4º ha recibido toda clase de felicitaciones por su comportamiento en la ocupación de este pueblo. El ministro de la guerra ofreció al coronel Amunátegui un traje completo para su tropa en pago de la disciplina y moralidad de su regimiento.

La llegada de nuestras tropas a Ica no ha sido la llegada de una división enemiga. Muy lejos de eso. Nuestros soldados no han tomado un pan sin pagarlo a su justo precio y el coronel me decía ayer que no había recibido una sola queja. En cambio, la guarnición de Pisco, desbandada a la llegada nuestra, ha forzado partidas de bandoleros, perfectamente armados, que asaltan las haciendas de estos alrededores y tienen sus habitantes en continua alarma. Pero Amunátegui ha tomado sobre esto serias medidas y todos están muy contentos con nuestro ejército.

Ya puedo hablarte sobre estos lugares con entero conocimiento de causa desde que todos los he conocido personalmente.

A la salida de la hermosa ensenada de Paracas, donde efectuamos el desembarco, se encuentra la extensa y abierta bahía de Pisco. Tranquila durante la mañana, empieza a agitarse a las doce o una de la tarde con el viento del Este que se levanta a esta hora y que aquí lo conocen con el nombre de Paracas. A las tres o cuatro de la tarde, la navegación en botes por la bahía es sumamente odiosa. Las repetidas y pequeñas olas de una mar rizada azotan sin cesar los costados del bote y reventando aquí mojan completamente a sus tripulantes. Esta agitación empieza a calmarse a las doce de la noche para repetirse, siempre igual, al día siguiente.

El puerto de Pisco, visto desde lejos, es muy bonito, como todo lo de los peruanos cuando se mira a la distancia. Se ve dos pueblos, de buen aspecto, separados por una corta distancia y colocados a la desembocadura del más rico y pintoresco valle que hayamos conocido. Pero saltando a tierra, la ilusión se desvanece y volvemos a encontrar al Perú con su horrible desnudez.

El puerto tiene una sola calle que merezca el nombre de tal, con edificios del tiempo de la Independencia, y con un pavimento tan sucio y descuidado como los frontis de sus casas. Parece que aquí no había más policía que los gallinazos que se albergan tranquilamente en los techos de las casas.

Ocho cuadras al interior y siguiendo la dirección de un callejón con viejos y ruinosos edificios a su izquierda entre los que se encuentra la estación de ferrocarriles que ocupa el regimiento Talca, cerrado a la derecha por fosos llenos de basuras y fango pestilente tras los cuales se miran algunas chacras, se llega al pueblo de Pisco, después de estar expuesto a quedar ciego por la tierra del camino. La calle de entrada es compuesta casi en su totalidad de moradores chinos, Sobre todos los edificios de estas casas se ve flamear el pabellón del Celeste Imperio, como signo de neutralidad. Una bandera triangular, con flecos lacres y un dragón pintado sobre un fondo amarillo, verde o colorado, forma el estandarte chino.

El resto del pueblo, más aseado que el puerto, vale poco más por sus edificios tan viejos y descuidados como aquellos. El centro del pueblo está ocupado por una plaza cuyo pavimento lo forma arena suelta y movediza.

Dos hileras de árboles, entre los que predominan los eucaliptus y moreros, circundan un pequeño jardín de casas y escasas flores.

Los principales almacenes en los que el comprador pregunta por todo y no encuentra nada, pertenecen a extranjeros, en su mayor parte italianos. En las tiendas chinas había algunos objetos de seda muy dignos de llamar la atención.

Entre las muy pocas curiosidades que hay aquí, visité uno de los templos chinos, de los dos que existen en el pueblo. Es un pequeño edificio de bonita fachada, cubierta de inscripciones chinas. Dentro y a la cabecera está el altar. En el fondo de un nicho adornado con flores artificiales hay un cuadro con tres figuras, la del medio, tata-yo , como me dijo un sacristán, es un chino de ojos triangulares, bigotes sui generis y una luenga pera cuadrangular. A cada lado de los tata – yo , están dos santos el uno de figura simpática y tipo chino, es Achú , según creo, genio del bien; el otro, con la figura que nuestros místicos dan al diablo, es Cong Cong , genio del mal. A los pies del cuadro hay tres tacitas de porcelana en las que se enciende el fuego sagrado.

Frente al nicho y sobre un pequeño armario hay algunos ramos de latón amarillo con pequeñas figuritas intercaladas entre sus hojas; son chantes . Dentro de esa taza de barro llena de arena hay clavadas muchas banderolas cuyo significado no pude comprender por más que varios chinos quisieron explicármelo. En otra taza de barro y llena también de arena, están sostenidas muchas barritas de madera, untadas y cubiertas de una composición especial, en la que figura el opio, que encendiéndolas sirven de incensarios.

A ambos lados. Ocupando el lugar de los altares laterales de nuestros templos, hay grandes cuadros con las figuras más extravagantes y llenas de inscripciones chinas¸ chantos y oraciones, según me dijo el mentor .

El 27 del pasado, estando a bordo de la barca Veintiuno de Mayo , recibí orden de desembarcarme para marchar al día siguiente a Ica, llamado por el coronel Amunátegui para cirujano de esta guarnición.

A las 8 A. M. de este día salía el tren de Pisco a este pueblo; en el mismo tren venía el señor Vergara y el señor Altamirano.

Hasta unas 8 ó 9 millas el tren corre entre charcas y arboledas, todo de terreno fértil que me hacía recordar nuestros campos de Chile. Luego entra a un desierto en el que no se ve más vegetación que la esbelta figura de los datileros y algunas yerbas que no alcancé a conocer, creciendo sobre la arena. En estos desiertos, según cuentan los habitantes de estos pueblos, se forman grandes mangas que trasladan a grandes distancias los montículos de arena de que está sembrada la llanura, lo que hace muy temible y penosa la travesía por estos desiertos. De aquí por qué fue tan pesada para la división del coronel Amunátegui la travesía que tuvo que hacer por tierra, pues ignoraban las dificultades que tenían que vencer. Al decir de los oficiales, la marcha a Pisco a Ica es la más pesada que han tenido que hacer durante toda la campaña. A 16 millas de la costa hay una estación en la que se encuentra una fonda servida por chinos, en la que se puede comprar algo que almorzar.

Poco más de dos leguas antes de llegar a Ica está la estación de Guadalupe, pequeño caserío donde empieza una vegetación más rica y abundante; viene después la estación de Macacona y se llega a Ica.

De Guadalupe a Ica se ve crecer en buena armonía el datilero al lado de la cebolla; lo melones y sandías, junto a los zapallos y calabazas; los hermosos viñedos se hermanan con las plantaciones de higuerillas o palmacristis; los alfalfales, mezclados a los chilcales, etc. etc.

Ica es el mejor pueblo que hasta ahora hayamos ocupado. Incluso Tacna. De calles anchas y bien niveladas, con buenas veredas de piedra pizarra o de ladrillos, cuenta con edificios elegantes y espaciosos, que es lástima sean ya de construcción tan antigua. La plaza, situada en el centro del pueblo, como la de Pisco, tiene una doble fila de árboles, un regular jardín y su pavimento de arena suelta y movediza. A los costados norte y poniente se ven dos portales del tiempo de los españoles, parecidos, según me han dicho, a los portales de San Felipe. Su comercio abundante, barato y bien surtido, lo pone a uno en situación de no carecer de nada.

Sus hoteles están bien servidos y en su mercado se encuentran melones, sandías, camotes, choclos, naranjas, plátanos, zapallos, toda clase de verduras, etc. Todo en abundancia y de excelente calidad.

Entre los almacenes llama la atención, por su lujo y extensión, el de los señores Picasso, que nos han hecho un magnífico recibimiento, proporcionándonos cuanto necesitamos.

Son muy pocas las familias que de aquí se ha retirado; pero casi todas permanecen todavía con sus puertas cerradas. Las casas que hemos visitado son en general de extranjeros. Solo anoche una de las personas más influyentes y distinguidas del pueblo, el doctor Ocampo, un viejito bastante instruido y que goza de prestigio como cirujano, asistió graciosamente los enfermos de esta guarnición, antes de mi llegada, y vino a ofrecerme para lo que deseara ocuparlo y luego me convidó a su casa.

El servicio médico está aquí perfectamente establecido. Yo he tomado dos salsas del hospital del pueblo para los enfermos graves, donde están con tanta comodidad como en nuestros hospitales de Santiago. Los cirujanos segundos, señores Oyarzún y Silva Basterrica, pasan visita en los cuarteles, y con autorización del coronel Amunátegui, el despacho de recetas lo hago en una botica italiana a cuenta del gobierno, pues de las ambulancias no me han dado nada, sino el personal de empleados.

Todo esto forma horrible contraste con el puerto y pueblo de Pisco que estaban abandonados casi por completo, aunque sus pareces se veían cubiertas de letreros como éstos: “Propiedad española”, “propiedad italiana, mexicana, francesa etc.” Allí no había nada que comprar, nada en qué entretenerse, sino en sacudir el polvo que llegaba de todas partes y a todas horas.

Los enfermos botados en el suelo, no tenían más que agua azucarada con que aliviar sus dolencias. Sin un edificio de que disponer para hospital, a pesar de que todos estaban desocupados, tenían que mandarlos a bordo para asistirlos en el entrepuente de la Veintiuno de Mayo , y sin medicina de ninguna clase. Allí pasé yo un purgatorio de varios días, a pesar de la amabilidad y buena voluntad del capitán y dueño del buque, señor Heraclio Martínez.

El 4º ocupaba aquí el espacioso edificio del colegio de San Luis, donde la tropa encuentra cómodas cuadras y los oficiales numerosas piezas que habitar; en una de estas piezas hay un buen laboratorio de física. Al lado del cuartel está la iglesia Matriz, lindo edificio cuyos altares y púlpitos, todos de madera tallada, son con mucho más elegantes que cualquiera de los nuestros. Me llamó la atención que los santos que coronan su fachada tenían clavos sobre sus cabezas y manos, y me dijeron que era par que los gallinazos no fueran a posarse sobre ellos.

El coronel Amunátegui ocupa el edificio de la prefectura que presenta muchas comodidades.

Yo tenía la casa más elegante de Ica, perteneciente a un señor Loyola, que se ha retirado a la Sierra. Pero hoy he tenido que ceder sus grandes salones, lujosamente amueblados, al general y su comitiva que llegaron en tren de la mañana, y me he reducido solo a dos piezas.

Se me olvidaba hablarte de la laguna de Huacahina, situada como a una legua del pueblo de Ica, que goza de gran celebridad entre los peruanos por sus propiedades medicinales, muy ponderadas en las afecciones reumáticas, dispepsias, enfermedades cutáneas y del hígado, catarros crónicos, infartos de todas clases y manifestaciones sifilíticas. Sus aguas, de color verdoso, dejan percibir hasta una cuadra a la redonda un fuerte olor a hidrógeno sulfurado.

Un boticario alemán de este pueblo me ha dicho que en el análisis de estas aguas se ha encontrado grandes cantidades de sulfurato de potasa [sic], cal, vestigios de fósforo y yodo y algunos compuestos ferruginosos.

Lavando con ellas, levanta espuma como el jabón y me han asegurado que a los pocos baños tiñe de rubio el cabello, si no hay cuidado de enjuagarlo con agua dulce, y que este color tarda mucho tiempo en desaparecer. Por su sección tópica, produce un picor bastante fuerte a todo el cuerpo y después del baño viene sueño tan tenaz que al que es difícil resistir.

El coronel Amunátegui, como medida higiénica, ha ordenado que las tropas se turnen para bañarse en esta laguna, lo que, unido al buen alimento, en el que figura el pisco para el café en el desayuno y el buen vino en la comida, mantiene en la tropa un estado sanitario bastante satisfactorio.

Es curioso que a una media vara de la orilla de la laguna, cuyas aguas saladas son un purgante enérgico, se encuentran pozos de agua dulce, de la mejor calidad, con solo hacer una pequeña excavación.

Con mil recuerdos a todos, te saluda tu afectísimo hermano, J. M. Salamanca”.

Referencias Bibliográficas

Ambrose, S. (1997): Citizen soldiers. The U.S. Army from the Normandy beaches to the Bulge to the surrender of Germany. June 7, 1944 – may 7, 1945, New York, Simon & Schuster.

Bisama, J. (2008): Álbum gráfico militar de Chile. Campaña del Pacífico. 1879 – 1884, Santiago, Librería Editorial Ricaaventura EIRL.

Boletín de la Guerra del Pacífico (1979): Santiago, Editorial Andrés Bello.

Figueroa, V. (1931): Diccionario histórico bibliográfico y bibliográfico de Chile, Santiago, Establecimientos Gráficos Ballcells & Co.

González, S. (2006): Pampa escrita. Cartas y fragmentos del desierto salitrero, Santiago Universidad Arturo Prat, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana.

Hosiasson, L. (2010): Naçâo e imaginaçâo na Guerra do Pacífico, Sao Paulo, Editora da Universidade de Sâo Paulo.

Lorenz, F. (2008): “Es hora que sepan”. La correspondencia de la Guerra de Malvinas: Otra mirada sobre la experiencia bélica de 1982”, Páginas 1, 1. pp. 111 – 129.

Miño, N. (1992): “El servicio médico militar durante la Guerra del Pacífico”, Boletín de Historia y Geografía, 9, pp. 163 – 182.

Rama, A. (2004): La ciudad letrada , Santiago, Tajamar Editores.

Salazar, G. (2003): La historia desde abajo y desde dentro , Santiago, Facultad de Artes Universidad de Chile, LOM.

Sarabia, B. (1986): “Documentos personales: historias de vida”, en M. García, J. Ibáñez, & F. Alvira (Eds.), El análisis de la realidad social. Métodos y técnicas de investigación social, Madrid, Alianza Editorial, pp. 187 – 208.

References

  1. Ángel Rama en su obra La ciudad letrada propone concebir el discurso escrito como una práctica realizada por los individuos para responder a determinadas demandas, en este caso de información respecto de un fenómeno que se registraba a miles de kilómetros de los grandes centros poblados, definidas por y hacia la sociedad. Esto presume la existencia de un grupo de productores y un público asociados a ésta práctica, situados en un espacio y en un momento histórico determinado. (Rama,2004)...

##plugins.themes.bootstrap3.article.details##

##submission.howToCite##
IBARRA CIFUENTES, Patricio. Un cirujano en la Guerra del Pacífico: Carta de Juan Manuel Salamanca. (Ica, diciembre de 1880). Autoctonía. Revista de Ciencias Sociales e Historia, [S.l.], v. 1, n. 1, p. 183-195, ene. 2017. ISSN 0719-8213. Disponible en: <http://autoctonia.cl/index.php/autoc/article/view/16>. Fecha de acceso: 26 mar. 2019 doi: http://dx.doi.org/10.23854/autoc.v1i1.16.
Sección
Documentos