La revolución cultural mundial de 1968, cincuenta años después

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Carlos Antonio Aguirre Rojas

Resumen

El presente artículo pretende examinar con detención los alcances y consecuencias suscitadas por
la revolución cultural de 1968, conocida también como el mayo francés. El análisis consecuente
sostiene que este movimiento puede ser considerado como “acontecimiento-ruptura” que nos
impone una reflexión mayúscula sobre la universalidad y profundidad que singularizan y hacen
destacarse con tanta fuerza a esa compleja revolución mundial. El análisis a estos efectos globales
se sostendrá sobre tres ejes analíticos específicos; a saber, primero, su actor social principal, el
movimiento estudiantil; el segundo, el ámbito del tejido social en donde se focaliza la principal
acción de 1968, es decir en la esfera de la cultura, al conformarse como una verdadera revolución
cultural; y tercero, el momento temporal en que irrumpen estos movimientos estudiantiles para
desencadenar esa profunda y cataclísmica ruptura.

Resumen

El presente artículo pretende examinar con detención los alcances y consecuencias suscitadas por
la revolución cultural de 1968, conocida también como el mayo francés. El análisis consecuente
sostiene que este movimiento puede ser considerado como “acontecimiento-ruptura” que nos
impone una reflexión mayúscula sobre la universalidad y profundidad que singularizan y hacen
destacarse con tanta fuerza a esa compleja revolución mundial. El análisis a estos efectos globales
se sostendrá sobre tres ejes analíticos específicos; a saber, primero, su actor social principal, el
movimiento estudiantil; el segundo, el ámbito del tejido social en donde se focaliza la principal
acción de 1968, es decir en la esfera de la cultura, al conformarse como una verdadera revolución
cultural; y tercero, el momento temporal en que irrumpen estos movimientos estudiantiles para
desencadenar esa profunda y cataclísmica ruptura.

Resumen

El presente artículo pretende examinar con detención los alcances y consecuencias suscitadas por la revolución cultural de 1968, conocida también como el mayo francés. El análisis consecuente sostiene que este movimiento puede ser considerado como “acontecimiento-ruptura” que nos impone una reflexión mayúscula sobre la universalidad y profundidad que singularizan y hacen destacarse con tanta fuerza a esa compleja revolución mundial. El análisis a estos efectos globales se sostendrá sobre tres ejes analíticos específicos; a saber, primero, su actor social principal, el movimiento estudiantil; el segundo, el ámbito del tejido social en donde se focaliza la principal acción de 1968, es decir en la esfera de la cultura, al conformarse como una verdadera revolución cultural; y tercero, el momento temporal en que irrumpen estos movimientos estudiantiles para desencadenar esa profunda y cataclísmica ruptura.

Palabras clave

Revolución cultural, mayo de 1968, movimiento estudiantil, historiografía

“No, nunca eres demasiado viejo para el rock & roll, mientras eres todavía demasiado joven para morir”.

Ian Anderson, "Too old to rock & roll, too young to die", con el grupo Jethro Tull , 1976 .

1. Introducción

Cincuenta años después de su saludable irrupción en el escenario global, la revolución cultural mundial de 1968 se muestra viva, activa y muy presente dentro del imaginario social, dentro de la contra memoria popular y dentro de la vida política, social y cultural de una muy vasta mayoría de las sociedades y naciones del Planeta Tierra entero. Porque, algunas pocas veces para criticarla o minimizarla, y otras muchas veces para rememorarla, para reivindicar su herencia o para exaltar sus consecuencias, sus efectos y sus conquistas principales, esa revolución de 1968 se ha convertido ahora, cinco décadas después, en un referente central e ineludible, tanto de todo el conjunto de los movimientos sociales anticapitalistas y antisistémicos actuales, como también de todo análisis y diagnóstico serios de la historia de la cultura reciente, o de la explicación de los perfiles principales de esa misma cultura más contemporánea.

Gran vitalidad y permanencia en el imaginario social de las más distintas sociedades, que se ha manifestado en los reiterados y recurrentes intentos de “recuperar” intelectualmente a este acontecimiento-ruptura de 1968, a lo largo de ya diez lustros, para poder así descifrarlo y explicarlo, que en los diversos reclamos de filiación y conexión con él realizados sucesivamente, tanto por actores y movimientos sociales diferentes, como por teóricos y analistas sociales de todo orden. Variado abanico de ecos y presencias de 1968, que comenzó casi simultáneamente a su propia irrupción con los intentos de caracterizarlo como una “nueva forma” de la lucha de clases, o también como “comuna estudiantil”, o como la “toma de la palabra”, y continuó al volverse una fecha simbólica que ha sido recordada profusamente cada diez años, además de ser evocada, por ejemplo, en 1989 al considerar este último proceso como “la continuación de 1968”, o también en 2011, al tratarse a la llamada “primavera árabe” como una serie de movimientos que, en cierto sentido, recuperaban y actualizaban el espíritu profundo de la “marea del 68” (Touraine, 1970; Schnap y Vidal-Naquet, 1969; De Certeau, 1968; Arrighi, Hopkins y Wallerstein, 1999; Wallerstein, 2011).

Marea del 68 o evocación reiterada de la revolución cultural mundial de 1968, que nos remite de modo genérico y simbólico a las múltiples revueltas, rebeliones y revoluciones que, en China desde 1966, o en México, Estados Unidos, Alemania, Italia o Japón en 1968, pero también en Argentina y otra vez en Italia en 1969, y en Colombia en 1971 y 72, fueron siempre gestadas y protagonizadas por potentes movimientos estudiantiles, para en ocasiones derivar en más vastos movimientos populares de diversos tipos. Distintas rebeliones o revoluciones que tuvieron igualmente duraciones diferentes, prologándose a veces por toda una década, como en China o en Italia, y en otras, la mayoría, durando tan solo algunos meses.

Múltiples rebeliones de 1968, que a cincuenta años de su aparición, siguen mostrando una tenaz permanencia en la contramemoria popular y una vasta presencia en el imaginario social de la inmensa mayoría de las sociedades contemporáneas. Lo que no es el caso de otras rebeliones o revoluciones, tanto anteriores como posteriores a 1968, las que sólo alcanzan a veces una presencia más local, o también más limitada temporalmente, o mucho más reducida respecto de sus efectos y consecuencias, y por ende, tienen impactos mucho más reducidos, por lo que se desarrolla una mucho menor evocación o reivindicación de esas rebeliones desde las condiciones y los tiempos presentes.

Por eso, y dado que esta revolución cultural mundial de 1968 mantiene hasta hoy, tanto la vasta presencia universal que la caracterizó desde su origen, como también la enorme profundidad de sus consecuencias y ecos diversos, que siguen haciéndose sentir de múltiples formas en la actualidad, es necesario preguntarse acerca de las razones de esta universalidad y profundidad que singularizan y hacen destacarse con tanta fuerza a esa compleja revolución mundial de 1968. Razones que, naturalmente, nos remiten para su explicación a los tres ejes particulares que definieron al conjunto de los movimientos de 1968, y que aluden: primero, a su actor social principal, el movimiento estudiantil; el segundo al ámbito del tejido social en donde se focaliza la principal acción de 1968, es decir en la esfera de la cultura, al conformarse como una verdadera revolución cultural; y tercero, al momento temporal en que irrumpen estos movimientos estudiantiles para desencadenar esa profunda y cataclísmica revolución cultural, momento, el de estos movimientos de la fecha simbólica de 1968, que coincide con el final de la etapa de equilibrio del capitalismo mundial desplegada durante cinco siglos, y con el inicio de la etapa de su verdadera crisis terminal o estructural definitiva. Tres ejes diversos que además nos remiten complejamente a temporalidades también distintas, involucrando tanto a acontecimientos y circunstancias inmediatos, como a coyunturas más largas de lustros y décadas, pero también a procesos y realidades de larga duración histórica. Veremos las distintas implicaciones de estos tres ejes mencionados con más detenimiento.

2. 1968 y el nacimiento del movimiento estudiantil

“¡Corre camarada, el viejo mundo viene detrás de ti!”.

Frase pintada sobre un muro de París, en mayo de 1968.

Un primer eje explicativo que define a la revolución cultural mundial de 1968, es el que se refiere al hecho de quién fue su agente social fundamental, nuevo e inédito , que nació precisamente al calor de las múltiples rebeliones y de los diversos movimientos de 1968: el actor social o movimiento estudiantil que en esas fechas de hace medio siglo recibió su verdadero bautismo de fuego. Este nuevo agente o movimiento social, antes desconocido e inexistente, provocó que desde su propio surgimiento, esos múltiples movimientos de 1968 fueran vistos en general como movimientos sociales precisamente extraños, nuevos, inéditos, y por eso, inexplicables con las herramientas intelectuales y con las concepciones sociales entonces dominantes.

Y ello, incluso por parte de las supuestas “izquierdas” de aquella época, es decir por la inmensa mayoría de los Partidos Comunistas de todo el mundo, con la notabilísima excepción del Partido Comunista Chino, el que bajo la iniciativa de Mao Tse Tung fue el que desencadenó la vasta e importante Revolución Cultural china de 1966-1976. Pues salvo este caso excepcional de China, todos los Partidos Comunistas del mundo, que eran en realidad partidos reformistas de una izquierda domesticada e integrada al establishment , condenaron a los movimientos de 1968, descalificándolos y menospreciando sus acciones iniciales. Aunque más adelante, y de manera claramente oportunista, cuando esos movimientos de 1968 se consolidaron y se propagaron, masificándose en el seno de la base estudiantil, y a veces extendiéndose como movimientos estudiantil-populares o como movimientos de una clara alianza obrero-estudiantil, entonces esos Partidos Comunistas trataron de influenciarlos, o de cooptarlos, o de montarse en ellos para dirigirlos, para controlarlos o para encaminarlos en su propio beneficio, lo que sin duda y también en general nunca lograron.

Pero más allá de esta miopía y oportunismo de esas viejas izquierdas anquilosadas de los Partidos Comunistas, la revolución de 1968 cuestionó y puso en crisis también a los esquemas de explicación prevalecientes en los movimientos realmente revolucionarios y en las izquierdas realmente críticas de aquellos años. Porque en tanto movimiento estudiantil , el de 1968 no era ya un movimiento clasista sino pluriclasista, que además ponía en acción y movilizaba no a una clase social sino a un sector social, sector que adicionalmente, tenía una condición social que era necesariamente efímera y que no era ni explotado económicamente, ni tampoco, en aquellos tiempos –lo que hoy ya no es más verdad--, discriminado socialmente, aunque si estaba sometido, dominado y oprimido tanto política como ideológicamente (Pellegrini, 2008) .

Con el nacimiento de un nuevo movimiento de masas, el movimiento estudiantil, que no existía como movimiento masivo antes de 1968, y que al irrumpir en el segundo lustro de los años sesentas del siglo XX, confundió tanto a los movimientos realmente anticapitalistas de entonces, como a los teóricos y analistas sociales que intentaron descifrarlo. Pues era claro que una huelga estudiantil o universitaria no afectaba la producción de plusvalía, ni paralizaba tampoco el funcionamiento de la economía capitalista, pero en cambio y a pesar de esto, sí era capaz de suscitar el vasto sustento, el apoyo y la protesta del movimiento obrero o de los sectores populares en general, y también de provocar una real crisis política y social de grandes dimensiones.

Condición aparentemente ambivalente de estos nuevos movimientos estudiantiles, que provocó los forzados y limitados intentos de reducir la condición estudiantil a su futura función económica y a su supuesta oposición a una nueva sociedad “tecnocrática”, para poder concebir a esos movimientos como una “nueva forma de la lucha de clases”, que las explicaciones simplistas que reducían al movimiento a la limitada significación de ser tan solo “la toma de la palabra”. Como si la lucha de clases no hubiese estado siempre presente a todo lo largo y ancho del tejido social, desde el origen mismo del capitalismo, y como si no fuese una regla también constante y permanente de todo movimiento anticapitalista, la de recuperar la voz y la palabra para los oprimidos, en cada ocasión en que estos se rebelan y se ponen en acción en contra de sus opresores (Touraine, 1970; de Certeau, 1968; Aguirre Rojas, 2013a).

Limitadas explicaciones de 1968 que ahora, cincuenta años después, podemos trascender y superar fácilmente, al reubicar lo que en ese momento significó realmente dicho nacimiento del movimiento estudiantil como un verdadero movimiento de masas. Porque si resituamos 1968 dentro de una perspectiva temporal más amplia, podremos recordar que la revolución demográfica desencadenada por el capitalismo, que eliminó el sistema de mareas en la evolución de la población mundial, e instauró en su lugar un crecimiento progresivo, acelerado y cada vez más explosivo de la cantidad de seres humanos, data sólo de finales del siglo XVIII e inicios del siglo XIX. Lo que quiere decir que la actual “sociedad de masas” maduró lentamente durante todo el siglo XIX, para comenzar a acelerarse en la primera mitad del siglo XX, y terminar explotando abrumadoramente justo en la segunda mitad de esa misma centuria (Braudel, 1984: cap. 1). Sociedad de masas que ha creado los actuales fenómenos del turismo masivo, de la comunicación de masas, del consumo desmesurado de bienes, o de la aglomeración irracional de las poblaciones en las grandes megalópolis, entre muchos otros complejos y complicados fenómenos contemporáneos.

Y es esa misma masificación creciente de muchos procesos sociales la que creó las Universidades de masas entre 1945 y 1968 en todo el planeta, gestando así a ese nuevo actor social que fue el actor juvenil en general, y en particular, el actor social estudiantil. Lo que explica que 1968 haya partido de la clara conversión del movimiento estudiantil, de un movimiento de pequeños grupos y elites que fue siempre hasta antes de 1945, en un verdadero y potente movimiento de masas que inundaba las calles de las grandes ciudades con decenas y centenas de miles de estudiantes, y que convocaba en su apoyo tanto a los jóvenes no estudiantes de los sectores obreros y populares, como al conjunto de las clases, sectores y grupos subalternos de la sociedad (Hobsbawm, 1996: 297-304, 326).

Y hoy es claro que esos movimientos de 1968, que fueron la clara emergencia de ese actor social estudiantil, y más en general del actor juvenil dentro de todo el orbe, fueron también el inicio de una entera reconfiguración de todo el mapa de los movimientos anticapitalistas, los que en los últimos cincuenta años vividos han dejado de ser solamente movimientos de la clase obrera industrial y de sus diversos “aliados secundarios”, como fueron concebidos hasta 1968, para convertirse ahora en un rico y variado mosaico de movimientos de grupos, sectores, clases y actores sociales diversos, que incluyen al movimiento feminista, a los movimientos indígenas, o al movimiento estudiantil y juvenil, a los movimientos pacifistas, urbano-populares, ecologistas, de la diversidad sexual, de los jubilados, de los migrantes, de los desempleados, de los sin tierra y de un largo etcétera posible.

Esta reconfiguración radical del mapa de los movimientos anticapitalistas implicó que la clase obrera y el movimiento obrero continuaron siendo centrales y fundamentales, pero han dejado de ser el “único” agente revolucionario e incluso el agente hegemónico de todos los demás para reinsertarse ahora dentro de ese vasto abanico de movimientos ya mencionados. Y con la multiplicación y diversificación de los agentes revolucionarios, se ha desarrollado también en estos diez lustros la proliferación y diferenciación de las demandas y de los frentes de lucha anticapitalistas, los que ya no se limitan a los ámbitos económico y político, sino que abarcan igualmente a las distintas esferas sociales, culturales e incluso civilizatorias (Wallerstein, 2008; Aguirre Rojas, 2013b).

De este modo, y en eso reside una parte del aporte universal y todavía vigente de la revolución estudiantil de 1968, esta última nos recordó que si bien la sociedad capitalista es una sociedad de clases, y en ella, como en toda sociedad clasista, la lucha de clases es fundamental y omnipresente, sin embargo y simultáneamente, junto a las clases sociales propias del capitalismo existen también diversos grupos, sectores y actores sociales, que poseen cada uno su identidad social específica y sus singulares perfiles definitorios, siendo además capaces, en tanto tales sectores, actores o grupos, de un particular conjunto de prácticas y de acciones sociales determinadas.

Y también, que si bien existen la explotación económica y el dominio político, tienen vida igualmente diversas formas y relaciones de opresión, de discriminación social, de jerarquías de poder y de jerarquías sociales diversas, junto a formas de exclusión, de marginación y de estigmatización de diferentes tipos. Y que, lógicamente, si queremos construir un mundo nuevo, no capitalista, y realmente libre, justo y genuinamente democrático, entonces es necesario oponernos y combatir desde ahora mismo, no sólo a la explotación económica y al dominio político, sino también y con la misma fuerza y relevancia, a esas diversas formas de opresión, de discriminación, de marginación y de exclusión social, igual que a todas las figuras de las distintas e injustas jerarquías sociales ya mencionadas.

Por eso, y cincuenta años después de esas revoluciones de 1968, seguimos recordando su legado y reivindicando su herencia, porque fueron ellas quienes iniciaron la emergencia de todos los nuevos movimientos de esos diversos actores y sectores, los que han seguido aflorando y apareciendo hasta hoy dentro del mapa de las múltiples luchas antisistémicas actuales. Y también porque ellos son los que inicialmente plantearon la politización e incorporación orgánica, dentro de los combates anticapitalistas todavía en curso, de la lucha en contra de todas esas formas de discriminación, opresión, jerarquía y exclusión que aún seguimos padeciendo cotidiana y persistentemente, y a las cuales seguimos siendo confrontados hasta la actualidad.

He aquí un posible primer eje explicativo de la persistente vigencia y de la vasta presencia de la revolución de 1968, cincuenta años después de su nacimiento original.

3. 1968: una revolución cultural mundial y de larga duración

“Profesores, ustedes son tan viejos como su propia cultura”.

Frase pintada sobre un muro de París, en mayo de 1968.

El segundo eje de explicación de las revoluciones de 1968 en todo el planeta nos remite al ámbito o esfera específica de la totalidad social en que esta revolución mundial incidió, el ámbito de la cultura . Por eso en noviembre de 1971, solo tres años y medio después del célebre mayo francés, Fernand Braudel caracterizó a los movimientos de 1968 como una verdadera revolución cultural de larga duración . Con lo cual, y prolongando creativamente los esfuerzos por caracterizar a esas revoluciones 'soixante-huitards', él señaló que se trataba de una profunda y radical mutación cultural, solo comparable por sus alcances y por su magnitud, tanto al movimiento del Renacimiento Italiano como al de la Reforma Religiosa europea del siglo XVI. Esta gran mutación o real revolución del conjunto de las estructuras culturales de todas las sociedades del siglo XX, que habiendo partido del movimiento estudiantil y de la inicial impugnación de éste al aparato y a la institución escolar, terminó convirtiéndose en una compleja transformación de los tres espacios que en el mundo contemporáneo, generan, reproducen y mantienen viva a esa dimensión específica de la totalidad social que es la cultura: es decir, a la familia, a la escuela y a los medios masivos de comunicación.

Porque a cinco décadas de distancia, podemos fácilmente comprobar la exactitud del diagnóstico braudeliano sobre la revolución mundial de 1968, y confirmar que esta última representa claramente un antes y un después en las historias particulares de la familia moderna, de la escuela contemporánea y de los medios masivos de comunicación, los que al transformarse radicalmente desde esas fechas, terminaron por modificar igualmente todos los perfiles esenciales de lo que hoy son las culturas contemporáneas de prácticamente todo el planeta (Braudel, 1993; Aguirre Rojas, 2005b; Aguirre Rojas, 2008).

Porque es claro que en 1968 entra en crisis y colapsa totalmente la estructura de la familia monógama, machista, patriarcal y autoritaria. Colapso del que derivan tanto la masificación y evolución del feminismo de los últimos diez lustros, como también las múltiples búsquedas de nuevas formas de vínculo amoroso y de familia, que van desde las comunas hippies hasta el llamado 'poliamor', pasando por la constitución de familias homosexuales, por la reivindicación de las relaciones puramente ocasionales, por las formas del intercambio de parejas o de las relaciones conscientemente abiertas, de la proliferación de los triángulos amorosos o de las múltiples y complejas formas de la reconfiguración que vive hoy esa estructura familiar. Pero también y en otra vía, es de esta crisis y bancarrota de la entidad familiar monógama que nace el enorme incremento de la tasa de divorcios, el aumento galopante de la figura y de la tasa de madres solteras y las modificaciones, incluso legales, del estatuto de las mujeres y de los hijos dentro del núcleo familiar.

Esta revolución completa del universo familiar, todavía en curso, naturalmente ha revolucionado también a toda la cultura actual, revalorando positivamente el papel de las mujeres, introduciendo y legitimando la diversidad de la expresión amorosa, y minando cada vez más la lógica autoritaria, machista y patriarcal antes prevaleciente en las relaciones entre hombre y mujer, y también entre padres e hijos.

Del mismo modo que en la familia, se revoluciona también la institución escolar, la que estuvo también en el centro de las impugnaciones de distintos movimientos de 1968. Y así, después de este simbólico año, se hace pedazos la jerarquía injustificada de los maestros sobre los alumnos, basada en el principio del Magister dixit , para cuestionar el término mismo de alumno (es decir alguien “sin luces”) y para criticar el complementario fetichismo respecto de la letra impresa. Pues después de cinco décadas sabemos muy claramente que el maestro se equivoca y que no lo sabe todo, y también que su palabra no es siempre idéntica a la verdad científica. Y también sabemos que un texto impreso, igual que un discurso hablado, puede contener lo mismo aciertos que errores, y mentiras igual que verdades. Con lo cual se ha revolucionado totalmente el aparato escolar, el que ahora se desgarra entre tratar de recuperar el vasto saber depositado en el colectivo estudiantil, a la vez que mantiene la autoridad casi intocada del Profesor dentro del aula, al igual que acepta la no infalibilidad de la palabra impresa, al mismo tiempo en que continúa imprimiendo libros y artículos con visiones sesgadas, mentirosas y erróneas, sobre los más distintos temas sociales o de ciencias duras (Foucault, 1976; Foucault, 2016).

Y con los medios de comunicación masiva, sucede algo similar a la que acontece con la familia y con la escuela. Pues si antes de 1968 estos medios eran tan solo un artículo de lujo de pequeñas minorías, o en otro caso, simples instrumentos de diversión y de entretenimiento, después de 1968 comenzarán a tener una difusión mucho más masiva y popular, además de convertirse conscientemente en mecanismos, tanto de la difusión de ciertos valores y códigos culturales, como también de la formación y manipulación de la opinión pública, a través de seleccionar, sesgar y hasta fabricar la información, y también de deformarla y moldearla, de acuerdo a sus propios objetivos, y según la lógica del mejor postor.

Así, después de 1968, esos medios masivos de comunicación se volvieron generadores y reproductores importantes de la cultura, impulsando también la profunda revolución cultural mencionada. Aunque es claro también que ahora, cincuenta años después, esos primeros medios masivos de comunicación que fueron la radio, la televisión y los periódicos, se encuentran en franca decadencia y retirada, al ir siendo vencidos y sustituidos progresivamente por los nuevos espacios del Internet y de las redes sociales, los que como nuevas formas masivas de circulación y de difusión de la información y de la cultura, van ocupando claramente su lugar (Subcomandante Insurgente Galeano, 2015).

De este modo, y expresando en el plano cultural los profundos cambios reales que hacia 1968 se condensan en estos tres espacios, el del ámbito familiar, el del aparato escolar y el de los medios masivos de comunicación, la revolución cultural de 1968 se configura, como bien lo percibió Fernand Braudel, como una verdadera y profunda revolución cultural de larga duración . Revolución que además, y a diferencia de otros movimientos, o rebeliones, o transformaciones sociales profundas, tuvo una clara e innegable dimensión mundial . Carácter mundial de 1968 que se hace evidente en el hecho de que sus epicentros fundamentales aparecen tanto en el espacio del mundo capitalista desarrollado, en donde Paris es su foco de irradiación principal, como en el entonces llamado 'mundo socialista', en donde sobresalen, primero China con su Gran Revolución Cultural Proletaria, y luego Checoslovaquia, con su Primavera de Praga. Pero también e igualmente, en el llamado 'tercer mundo', en donde le corresponde a México ese papel de epicentro simbólico, en virtud, entre otras razones, de la trágica masacre de la Plaza de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968.

Carácter mundial de la revolución cultural de 1968, en el que ha insistido especialmente Immanuel Wallerstein, al caracterizarla como una revolución profunda de la entera “geocultura del sistema-mundo” capitalista, revolución que se vincularía a su propio momento temporal de desarrollo al año 1968, el que en la explicación de este autor es también el momento temporal de arranque de la etapa de la crisis terminal del capitalismo actualmente todavía en curso (Wallerstein, 1989; Rodríguez Lascano, 2008; Aguirre Rojas, 2008).

Pues es este, el “momento 1968”, el tercer eje que nos permite explicar a la revolución cultural mundial de 1968, así como a sus profundos impactos planetarios y persistentes a lo largo de los últimos cincuenta años. Porque si el capitalismo es un sistema no local, y no exclusivamente nacional, a pesar de ser el sistema histórico que, estrictamente hablando, inventó las naciones y las estructuras nacionales, sino que es un sistema histórico mundial , entonces es lógico que posea también, entre sus múltiples dinámicas principales, una dinámica igualmente planetaria, la que también, lógicamente, se hace sentir y se manifiesta cuando ese capitalismo mundial entra en la etapa de su crisis terminal. Porque este ingreso a esa etapa de la crisis terminal capitalista se vive de igual forma en el capitalismo central de las naciones más desarrolladas como en los capitalismos periféricos de las naciones pobres y tercermundistas, igual que en los capitalismos de Estado de la Unión Soviética y de Europa Oriental, o en la compleja situación de la China de aquellos años sesentas, que entonces se debatía todavía entre profundizar en la vía del camino socialista o sufrir una regresión y volver al camino capitalista, lo que trágicamente y después de la muerte de Mao Tse Tung, se decidió infelizmente hacia esta segunda opción de proseguir por el camino capitalista.

Y es por esto que esas revoluciones de 1968 están presentes en todo el mundo, manifestándose en algunos países como una crítica radical de la cultura materialista, consumista y vacía del capitalismo más desarrollado, y en otros países capitalistas pobres, como crítica de la cultura autoritaria y antidemocrática, represiva y asfixiante de las libertades más elementales, como las de expresión, de manifestación, de prensa o de asociación; mientras que en los países del entonces llamado bloque socialista, esta crítica cultural radical lo era de la cultura burocrática y monolítica, administrada y manipulada por el Estado, y apoyada en una versión manualesca, empobrecida, degradada y vulgar de un supuesto marxismo, convertido, asombrosamente, en verdadera 'ideología de Estado'.

Crítica de las formas culturales dominantes en cada una de las tres zonas mencionadas del planeta, que traspasando las fronteras nacionales y las asimetrías de desarrollo económico, y más allá de los matices determinados por su despliegue dentro de un país oficial o realmente socialista, o en un país capitalista desarrollado, o en otro caso subdesarrollado, instauró la reivindicación clara y radical de un nuevo modo de concebir y de asumir la cultura , es decir, de una radicalmente nueva forma de la cultura , modo y forma que al acompasarse con el proceso de la crisis y la decadencia terminal y definitiva del capitalismo, niega radicalmente a la cultura capitalista en general, y al conjunto de sus trazos y perfiles característicos en particular, a la vez que anuncia y prefigura, desde ahora, las formas concretas y las aristas específicas de esa nueva cultura ya no capitalista. Esto dota de un contenido más concreto a esa revolución cultural mundial de 1968, la que a cinco décadas de distancia, es posible reconstruir ahora en sus líneas principales.

4. La nueva cultura, hija de la revolución de 1968

“¿Él posee, quizá, algunos secretos para cambiar la vida ?. No, pero él no hace otra cosa, que buscar esos secretos...”.

Arthur Rimbaud, Una temporada en el Infierno , 1873 .

Si 1968 es el punto de arranque de la crisis terminal y definitiva del capitalismo, entonces es también, lógicamente, el punto de apertura de una clara situación de transición histórica , la que como toda situación de transición, habrá de entremezclar y de ver coexistir simultáneamente a las viejas formas aún dominantes pero inmersas en un proceso de progresiva decadencia y desmontaje, con las nuevas formas aun marginales y no dominantes, pero al mismo tiempo evolutivamente crecientes y en claro desarrollo afirmativo de sus principales rasgos y elementos centrales.

Esta situación de coexistencia y lucha entre lo viejo y lo nuevo se hace presente a lo largo y ancho del tejido social capitalista durante los últimos cincuenta años, desde las realidades geográficas y territoriales hasta las dimensiones civilizatorias más profundas y pasando por las principales realidades económicas, sociales, políticas y también culturales (Wallerstein, 1996; Wallerstein, 2016; Aguirre Rojas, 2010).

Por eso, y en este contexto global de una situación de bifurcación histórica o de transición histórica sistémica, la revolución cultural de 1968 dio nacimiento a un radicalmente nuevo tipo de cultura , caracterizado por una serie de rasgos que, al mismo tiempo que niegan y confrontan a los rasgos principales de la cultura capitalista dominante, abren el espacio para la construcción de una nueva manera de percibir y de apropiarse culturalmente el mundo, y también de relacionarse los seres humanos desde y dentro de ese ámbito específicamente cultural. Esto crea entonces la oscilante y contradictoria situación que en el nivel de la cultura hemos vivido hace ya diez lustros, y en la que se enfrentan y alternan todo el tiempo, a la vez que se niegan y afirman, de una parte, la vieja cultura capitalista con sus viejos códigos y prácticas lentamente construidos durante siglos y consolidados entre 1848 y 1968, y por el otro lado la nueva cultura, hija de la revolución mundial de 1968, con nuevos y muy diversos perfiles críticos, rebeldes y contestatarios.

Así, el primer trazo evidente de la nueva cultura gestada por la revolución de 1968 es el de promover su carácter como cultura radical y profundamente antiautoritaria en particular, y también antijerárquica más en general. Lo que es lógico, si recordamos que 1968 revolucionó totalmente a la familia, a la escuela y a los medios masivos de comunicación, lo que entre tantos otros efectos, implicó también el cuestionamiento y desmontaje de la autoridad del padre en la familia, de la autoridad de la burocracia y del Estado en el seno de las sociedades tanto supuestamente socialistas como capitalistas, y de la autoridad del maestro dentro del aula, alimentando por todas estas vías a esa nueva cultura antiautoritaria, para la cual autoridad y verdad, o poder y saber, ya no son para nada sinónimos, y que deslegitima e invalida a cualquier autoridad que no esté racionalmente fundada y plenamente justificada (Marx y Engels, s/f) .

Esta cultura antiautoritaria, al evolucionar y madurar después de 1968, se ha convertido también en una cultura igualmente antijerárquica, que no solo critica a toda autoridad posible para distinguir entre las autoridades legítimas y racionales y las que no lo son, sino que también desconstruye y examina críticamente a todas las distintas jerarquías sociales existentes, para igualmente separar aquellas pocas que son válidas y necesarias, frente a la inmensa mayoría de las que son solo fruto de la opresión, la discriminación, el privilegio, la asimetría social y la desigual distribución actual del poder. Crítica antijerárquica que se manifestó muy claramente en las múltiples rebeliones de 2011, las que además de impugnar las tradicionales jerarquías económicas entre las clases sociales y las habituales y cada vez más degradadas jerarquías políticas, pusieron también en el centro de sus críticas a las restantes jerarquías actualmente vigentes, concentradas todas ellas en el 1% de la población que reúne a los ricos, a los poderosos, a los privilegiados, a los dominantes y a los jerarcas de todo tipo, los que se oponen a todos nosotros, el 99%, y que somos los que estamos excluidos de esos puestos altos de la pirámide social en todas sus formas y variantes (Aguirre Rojas, 2012).

Un segundo trazo de la nueva cultura posterior a 1968 es su carácter desacralizador, antisolemne y festivo , el que oponiéndose a la cultura dominante, que es seria, acartonada y rígida, va a recuperar este trazo siempre característico de la honda y rica cultura popular, la que aún marginada y dominada no pierde nunca su inmensa vitalidad. Y si es claro que en cada revolución, tal como lo planteó Lenin, “es la fiesta de los oprimidos”, reaparece e irrumpe con fuerza esa honda cultura popular, la innovación que los movimientos de 1968 en todo el mundo van a introducir es la de incorporar ese ingrediente festivo y desacralizador de las culturas subalternas como elemento permanente y fundamental de la nueva cultura, la que en virtud de la situación de transición histórica que hoy vivimos, forcejea y compite todo el tiempo con la vieja y cada vez más anquilosada cultura dominante.

Cultura jocosa y atrevida, que invierte simbólicamente las jerarquías sociales, y que ridiculiza a los ricos, a los poderosos y a los dominantes, que es también y forzosamente una cultura crítica , que destaca el “lado malo” y oculto de la realidad, y que hace evidente su carácter efímero y temporalmente acotado, lo que además de alimentar al trazo antijerárquico y antiautoritario de la nueva cultura, permite conectar a esta última con los ricos, variados y complejos saberes populares de todo tipo. Esto también nos permite entender el hecho de que esta nueva cultura esté muy presente en los nuevos movimientos anticapitalistas y antisistémicos contemporáneos, los que para ser tales, recuperan tanto esta visión crítica y desmitificadora de la realidad, como también esas matrices de la rica cultura popular y de los profundos saberes subalternos (Bajtin, 1990; Ginzburg, 1981; Ginzburg, 2014; Aguirre Rojas, 2016; Aguirre Rojas, 2017b).

Finalmente, un tercer rasgo de la nueva cultura, que lucha y se opone a la cultura burguesa todavía dominante, es el de afirmarse como una cultura plural, dialógica, inclusiva y abierta , en contra del carácter monolítico y cerrado, además de excluyente de dicha cultura dominante. Pues si en un cierto sentido la revolución cultural mundial de 1968 representó una clara irrupción de la diversidad, entonces es lógico que esa diversidad y pluralidad se recuperen e incorporen dentro de los trazos definitorios de la nueva cultura, gestada por esa misma revolución. Y entonces, al mismo tiempo en que se afirman diversos tipos de familia y de vínculo amoroso, y que prosperan múltiples y muy diferentes experimentos pedagógicos y búsquedas de nuevas formas de generación y transmisión de los saberes, junto a una mayor y más diversa circulación planetaria de las informaciones y de las realidades de todas partes, a ese mismo ritmo prospera y avanza la recuperación de las distintas culturas nacionales y la multiplicación de la exploración y también rescate de diferentes saberes populares y en general, y de las diferentes formas de la racionalidad humana, lo que como resultado general, coagula en este trazo de la nueva cultura, que es también rica, diversa, plural, incluyente, abierta y dialógica (Ginzburg, 2014; Aguirre Rojas, 2017c).

Y del mismo modo que en los dos trazos anteriores mencionados, este rasgo de la nueva cultura se confronta abiertamente con las nuevas versiones de la cultura dominante, que intentan imponer el pensamiento único o el consenso obligado e impuesto, o las “verdades” reveladas y supuestamente absolutas, pero también se distingue claramente y se opone radicalmente, frente a los falsos intentos de asimilar, desde la misma cultura dominante, a esa irrupción mencionada de la diversidad, intentos que han dado lugar a las falsas, limitadas, y políticamente correctas versiones de la defensa del “multiculturalismo”, o de la educación intercultural o bicultural, o a la proclamación de los supuestos Estados plurinacionales y multiétnicos, o de los retóricos reconocimientos de la “diversidad cultural”, versiones todas que en el fondo, intentan cambiar cosméticamente la superficie de las cosas, para mantener incambiada su esencia, y para reciclar y reproducir por esta vía a la caduca y anacrónica cultura capitalista todavía dominante.

Estos son, brevemente resumidos, los tres trazos de la nueva cultura gestada por la revolución mundial de 1968, la que hoy presente de manera tensa y conflictiva en los ámbitos culturales de todas las sociedades del planeta, no logra terminar de afirmarse completamente, en la medida en que ella es, en el fondo, profundamente incompatible, no solo con la cultura capitalista dominante, sino también con la sociedad capitalista aún prevaleciente.

5. Los desafíos culturales abiertos por la revolución de 1968

“El arte no está en los Museos, la razón no está en las aulas, la revolución no está en los cafés, porque el arte, la razón y la revolución, están en las calles”.

Frase pintada sobre un muro de París, en mayo de 1968.

Cuando los estudiantes de los diversos movimientos de 1968 repartidos por el mundo señalaban críticamente el claro divorcio que existía entre el mundo real y lo que se les enseñaba en las aulas, apuntaban claramente hacia un tipo de configuración de los productos y de las realidades culturales que, muchos siglos antes de la existencia del capitalismo, y de hecho coincidente con el surgimiento de las sociedades humanas divididas en clases sociales, separó y autonomizó radicalmente a esas dimensiones culturales del conjunto más global de la vida social, expropiándoselas a la mayoría de la población, y divorciándolas de la actividad cotidiana de esa misma mayoría, para constituirlas en la tarea específica y especializada de unos cuantos individuos privilegiados, casi siempre pertenecientes a las clases dominantes, y a partir de ese momento denominados con diferentes términos, como artistas, “hombres de cultura”, filósofos, intelectuales, científicos, entre otros de sus muchos nombres (Marx y Engels, 1970; Marx y Engels, 1973; Bolívar Echeverría, 2010; Aguirre Rojas, 2005a; Aguirre Rojas, 2017a).

Pues es esta autonomización de la cultura, que se divorcia y separa de la realidad social y de la vida cotidiana de las grandes mayorías de la población, la que funda la división entre “alta cultura” y “baja cultura”, junto a la absurda jerarquía que considera como verdadera sólo a la alta cultura, vinculada predominantemente a las clases dominantes, mientras desprecia y rebaja a la baja cultura, para considerarla solo como folklor o tradición popular, o compendio de curiosidades reales e intelectuales. Y es también esta configuración clasista de la cultura la que ha convertido a esta última en monopolio y privilegio de unos pocos miembros de las clases dominantes, concebidos como los “intelectuales” y los "artistas" de una sociedad, y por lo tanto, como sus únicos creadores de cultura, incluidos en esta última las artes, las ciencias, las ideologías y las diversas formas de la conciencia social.

Por eso, cuando los movimientos de 1968 critican la separación del arte y de la vida, o de la escuela y de la realidad, o del saber y la razón en general, respecto de la vida cotidiana de todos nosotros, a lo que apuntan es a cuestionar y a desconstruir no solamente la cultura capitalista, autoritaria, solemne y monolítica que hemos ya descrito anteriormente, sino también y más allá, a la milenaria cultura clasista, con sus reducidas jerarquías, su empobrecido monopolio, y su reproducción elitista y sesgada, que excluye a la inmensa mayoría en detrimento de unos pocos privilegiados.

Este cuestionamiento profundo y desafío mayúsculo planteado por la revolución cultural mundial de 1968, podemos comprenderlo más fácilmente si recordamos la aguda tesis que Marx plantea al final de su libro Miseria de la filosofía, y que nos anunciaba que el fin del capitalismo no sería una simple transición histórica comparable a la del mundo feudal hacia el capitalismo, sino más bien una densa, compleja y triple transición histórica, que además de llevarnos desde la sociedad burguesa capitalista a la sociedad comunista, también sería el pasaje complejo de toda una larga familia de sociedades divididas en clases sociales hacia una nueva sociedad sin clases sociales, pero igualmente y más en profundidad, el final de la prehistoria humana y del predominio del reino de la necesidad, hacia el inicio de la verdadera historia humana y del verdadero reino de la libertad (Marx, 1979: 159-160; Aguirre Rojas, 2011; Aguirre Rojas, 2013).

La densa y triple transición histórica que hoy vive la humanidad explica el hecho de que la revolución cultural mundial de 1968 haya desencadenado el proceso de transformación radical que, al madurar en estas cinco últimas décadas, ha agregado a esa nueva cultura antiautoritaria, festiva y dialógica que ya hemos descrito antes, también los actuales desafíos culturales que nos remiten al carácter clasista de la cultura, y que esbozan y prefiguran la nueva situación de la cultura, la que solo podrá florecer real y libremente después de la muerte definitiva del capitalismo en escala mundial. Nueva situación en la que esa cultura volverá a ser reunificada y reintegrada, tanto a la vida como a la actividad cotidiana de las nuevas comunidades humanas entonces ya liberadas.

Porque el arte morirá al convertir en artistas a todos los seres humanos, igual que la ciencia desaparecerá en su forma actual, para ser también parte de la actividad general y cotidiana de la humanidad entera. E igualmente la cultura, que dejará de ser tarea y monopolio de los intelectuales, los que igualmente fenecerán como grupo social particular, para convertirse en cambio en la creación colectiva, permanente y cotidiana, de todos los seres humanos y de todas las comunidades sociales entonces existentes.

Y entonces ya no habrá Museos, ni Galerías de arte, porque la vida humana misma será una gran obra de arte colectiva, y no habrá ni escuelas, ni Universidades, ni científicos, porque en su lugar existirán comunidades de autoaprendizaje, y porque el conocimiento y la ciencia serán una creación y una actividad colectiva de todos, al mismo tiempo en que con la abolición de la división entre el trabajo manual e intelectual, se eliminará la división y la distinción entre alta y baja cultura, y la cultura se convertirá en una creación también colectiva, y en una dimensión más de la propia vida cotidiana comunitaria, cada vez más rica, más compleja y más artística.

Este es el conjunto de desafíos todavía abiertos y vigentes que son la herencia de la revolución cultural mundial de 1968, la cual, cincuenta años después de su nacimiento, y a esta luz, no es todavía ni mucho menos, demasiado vieja para continuar actuando, provocando cambios y gestando nuevas formas de una nueva cultura, porque también es, evidentemente y de muy lejos, aún demasiado joven para morir.

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[Publicado el 14 de noviembre de 2011].

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References

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AGUIRRE ROJAS, Carlos Antonio. La revolución cultural mundial de 1968, cincuenta años después. Autoctonía. Revista de Ciencias Sociales e Historia, [S.l.], v. 2, n. 2, p. 182-198, ago. 2018. ISSN 0719-8213. Disponible en: <http://autoctonia.cl/index.php/autoc/article/view/100>. Fecha de acceso: 25 sep. 2018 doi: http://dx.doi.org/10.23854/autoc.v2i2.100.
Sección
Artículos